¿Comparar o consumo colaborativo?

CANGOBOX no es un comparador

Las comparaciones son odiosas

A mí desde pequeñito siempre me han dicho que “las comparaciones son odiosas”. Lo mismo es porque vengo de una familia de muchos hermanos, y era fácil caer en la comparación. Lo mismo es porque el refranero popular ha hecho suyas frases de la Celestina y del Quijote, como nos recuerda el Instituto Cervantes. Todo era comparable. Que si a uno le habían comprado zapatillas y a otro no, que si uno había comido más croquetas que el otro, que si a la una le dejaban salir más tarde que a la otra… Ya sabemos que en una familia es difícil encontrar el equilibro que hace que las cosas funcionen con armonía, pero sí que es cierto que las comparaciones, en general, llevan a error. Y las consecuencias no son buenas, ya que crean mal ambiente y desconfianza. Si le compraban unas zapatillas de fútbol a tu hermano, posiblemente era porque él iba a fútbol, y tú no. Si había comido más, posiblemente era porque tenía más hambre, simplemente. Si se le dejaba a la una llegar más tarde, posiblemente era porque era mayor de edad y tú no… Al final, todo tenía su explicación y su sentido común. No se pueden comparar peras con manzanas.

Los modelos de negocio basados en la comparación

De un tiempo a esta parte, hemos visto cómo salían a la luz muchas empresas que basan su negocio en comparar diferentes servicios o proveedores. En épocas de crisis como la nuestra, ésto puede tener sentido para muchos, ya que todos buscamos el ahorro, y cualquier descuento o precio mejor siempre se agradece.

Las empresas cuyo modelo de negocio está basado en comparar precios de otros, es un servicio muy útil, desde luego, pero hay que tener en cuenta que no siempre se compara los puntos más importantes: la letra pequeña y el servicio o producto en sí.
Todos sabemos que hay muy pocas diferencias entre seguros, o teléfonos móviles, pero si nos ponemos a comparar en detalle, veremos que a precio equivalente, hay cosas que no se pueden comparar.

CANGOBOX no compara
Las comparaciones son odiosas y a veces no es fácil hacerlas.

Si estamos buscando un seguro de coche, por ejemplo, veremos todo tipo de ofertas y de precios para todos los gustos. A terceros, a todo riesgo, con franquicia, sin franquicia. Recientemente, en mi caso, nos planteamos dar un parte por daños generales de nuestro seguro a todo riesgo. Había salido barato, y nunca lo habíamos ejecutado, así que era el momento ideal para reparar los rayajos que tenía en el lateral, de cuando las columnas del garaje atacan a mi mujer. Tenemos seguro a todo riesgo, así que me dije, “sin problemas”. La sorpresa vino cuando, al llegar al taller para que nos diesen un presupuesto, descubrimos que no se podía dar un parte por daños generales, sino que había que dar partes específicos, uno por cada lado. Vale, no hay problema, nos dijimos. Aunque sí que lo había: cada lateral, en este caso dos, obligaba a pagar una franquicia de 210€ y, al tener parte del parachoques delantero y un lateral, había que dar dos partes, por lo que la reparación, con seguro a todo riesgo “de los baratos”, nos costaría, como poco, 420€, ¡Más de lo que estamos pagando al año por el seguro! Ante esta situación, uno se plantea si lo mismo tenía que haber hecho otro seguro, sin franquicia, pagar un poco más, pero estar más tranquilo a la hora de dar parte.

En la comparación de seguros, por ejemplo, el precio es lo importante, pero la letra pequeña penaliza mucho.

Los modelos de consumo barato encubierto

Existen otras posibilidades interesantes, como las de cupones de descuento de sitios que nos ofrecen servicios de terceros. Esta opción es muy popular en restaurantes y servicios de ocio. En estos casos, podemos acceder a precios muy buenos en sitios en los que normalmente nos saldría mucho más caro. En estos casos, la letra pequeña nos suele indicar cosas que, luego a la hora de pagar, nos hacen llevarnos sorpresas. Suelen ser, por ejemplo, que las bebidas no están incluidas, o que la carta del menú están restringidas a ciertos tipos de platos, con ciertos precios. Así, una cena en un sitio de moda, que se supone que iba a ser “más barato”, puede terminar en una cena mucho más cara, en la que sumamos y sumamos “extras”, no incluidos en la oferta inicial.

Lo que nos los venden como una forma de ahorrar, porque llenan los sitios, suelen llevar a sorpresas.

Aquí también meto en el mismo saco a las tan de moda “cajas de regalo”, “cajas de experiencias”, en la que se compra de prepago un servicio, que suelen ser noches de hotel, cenas, o masajes. Este es un regalo bastante popular, pero que tiene un contra muy interesante, que nadie pone en ningún lado. Es la cláusula de “sujeto a disponibilidad”, y tienen fecha de caducidad. Vamos, que haya sitio cuando quieres reservar la cena, el hotel o el masaje, dentro del período, que suele ser de un año. Uno tiende a pensar que un año “debería ser suficiente”, pero la realidad es que no es así… Personalmente, el año pasado llegué a acumular 5 cajas de regalo, y me está siendo muy complicado utilizarlas, porque los fines de semana es casi imposible encontrar disponibilidad, ni siquiera con 4-5 meses de anticipación. Vamos, que te regalan una cosa en enero y, con un poco de suerte, lo puedes utilizar en abril-mayo, porque en periodo de temporada alta en hostelería, de junio a septiembre, casualmente SIEMPRE está todo ocupado y no se puede reservar, y por otro lado, se hace difícil planificar para octubre o noviembre en enero… No digo que sea imposible, pero sí que es complicado, y casi nunca coincide con las fechas que nos viene bien a priori, sino que somos los usuarios los que nos tenemos que adaptar a los criterios de disponibilidad “oscuros” establecidos por los proveedores que ofrecen estos servicios.

Luego está el lado del empresario, que como usuarios de los servicios nos cuesta comprender, y que sólo vemos el lado negativo. Me explico. Si un empresario tiene un restaurante con un menú de 50€, es porque ha hecho sus cuentas y tiene un servicio y unos productos, paga un local y un personal, que valen eso para sus clientes. Este negocio, si lleva funcionando años, es porque tiene su clientela de 50€, a quien le gusta el sitio, su servicio y sus productos. Si el restaurante ofrece menús con cupones de descuento por 25€, es más que probable que se le llene, ya que la gente piensa automáticamente “voy a un sitio de 50€ por 25€, qué bien”. Y es cierto, pero también es cierto que al empresario, esta operación le cuesta dinero, y tiene que dar el doble de servicios para obtener lo mismo. ¿A quién no le ha pasado ir a un restaurante con un cupón y descubrir que la comida o el servicio no era lo que se esperaba, estando el sitio lleno? El empresario en este caso, pierde el doble, ya que tiene que trabajar el doble por conseguir lo mismo, y porque su clientela habitual pasa de pagar 50€ a pagar 25€. A nadie nos gusta sentirnos tontos, y si el de al lado paga menos por lo mismo, nosotros también lo queremos. A largo plazo, la estrategia empresarial puede ser errónea.

EL consumo colaborativo vs. la comparación

El consumo colaborativo está en boca de todos, y nos permite “compartir” gastos que tienen un precio, al dividirlo entre varios. El concepto es simple. Un servicio tiene un precio, que está cerrado, y se divide el coste entre los usuarios del mismo. Es lo que se lleva haciendo toda la vida entre amigos, al pagar “a escote”. Nadie va a decir que uno se ha tomado una caña de más, cuando el otro se ha tomado un pincho y otro un vino. Se pone un fondo común, y se reparten los beneficios a partes iguales. Si bien no siempre es el mejor modelo para repartir los gastos, y puede ser desequilibrado, es un modelo que satisface más, por el simple hecho de que las cosas siguen valiendo lo que valen.

Por ejemplo, todos conocemos la polémica de blablacar.com, sobre si es legal, los seguros, y todo lo demás. Si abstraemos un poco, al modelo conceptual, quitando de la ecuación los entresijos legales, podemos entender un poco mejor cómo funciona. Yo tengo que hacer un trayecto en coche. Este trayecto me va a costas 100€, entre gasolina y peajes. Mi coche tiene 5 plazas, pero yo sólo ocupo una. Si alguien ocupa una plaza, dividimos el trayecto entre los dos, y nos sale a 50€. Si ocupo las 5 plazas, sale a 20€ por pasajero. El beneficio es una reducción del coste individual por 5, cuando el trayecto lo tenía que hacer, sí o sí, y encima lo hubiese hecho sólo. Tiene sentido, y creo que lo tiene para los millones de personas que utilizan (utilizamos) este tipo de servicios. Lo que hace de este tipo de sistemas que sean más justos, es que el precio del trayecto es el que es, y no cambia vayamos uno en el coche, o vayamos cinco. Lo que cambia es lo que se paga.

Ahora bien, ¿no ofrecen comparar precios estos servicios? Sí, también lo hacen, pero en este caso, son los dueños del coche los que ponen el precio, y la comparación se basa en lo que los que ofrecen el servicio estiman que vale.

Lo que dicen los expertos

El Financial Times escribió un artículo muy interesante (en inglés) sobre cómo los mercados se estaban planteando los sitios web de comparaciones, donde en Reino Unido se plantean dudas sobre la salida a bolsa de algunas empresas de comparación, y sobre el impacto en las regulaciones del mercado sobre este tipo de negocios que juegan con servicios de terceros. Uno de los directivos de la Autoridad Financiera dijo muy claramente:

Estamos acostumbrados a los sitios comparadores de precios, por lo que conocemos lo fácil que hacen comprar un motor, un viaje o un seguro para casa. No queremos perder lo conveniente de esto pero, ¿lo barato equivale a mejor?
Creo que ahí estamos todos de acuerdo: lo barato no siempre el lo mejor, por lo que comparar tiene su valor, sin duda, aunque hay que comparar manzanas con manzanas, y peras con peras.